Martes 13 de Octubre de 2026

Cristificarse, razón de ser del cristiano.

Hay que aprovechar las pequeñas ocasiones para imitar y parecerse más actualmente a Cristo Nuestro Señor. Así se forma el hábito. Así se nos harán primero soportables esas pequeñas cruces; después fáciles y por fin sabrosas de manera que las codiciaremos como el avaro las pepitas de oro. La imagen de Cristo ha de estar siempre presente en el alma del joven, para amarla y para inspirarse en ella a fin de obrar en cada momento como Cristo obraría si estuviera en su lugar.

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El seguimiento y la imitación de Cristo implican verdaderamente una identificación con Cristo. Una identificación profunda, que afecta a la totalidad de la persona cristiana en sentido ontológico (su ser) y existencial (su vivir), como sintetiza de manera excelente y densa este texto de Veritatis Splendor: 

«Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz (cfr. Flp 2, 5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cfr. Ef 3, 17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros. 
Insertado en Cristo, el cristiano se convierte en miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia (cfr. 1 Cor 12, 13.27). Bajo el impulso del Espíritu, el bautismo configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio pascual de la muerte y resurrección, lo «reviste» de Cristo (cfr. Gal 3, 27): «Felicitémonos y demos gracias -dice san Agustín dirigiéndose a los bautizados-: hemos llegado a ser no solamente cristianos, sino el propio Cristo ( ... ). Admiraos y regocijaos: ¡hemos sido hechos Cristo!». 
El bautizado, muerto al pecado, recibe la vida nueva (cfr. Rm 6, 3-11): viviendo por Dios en Cristo Jesús, es llamado a caminar según el Espíritu y a manifestar sus frutos en la vida (cfr. Gal 5, 16-25). La participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza (cfr. 1 Co 11, 23-29), es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de «vida eterna» (cfr. Jn 6, 51-58), principio y fuerza del don total de sí mismo, del cual Jesús -según el testimonio dado por Pablo- manda hacer memoria en la celebración y en la vida: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Co 11, 26)».

Las características de la imitación de Cristo

La imitación de Cristo reviste necesariamente una estructura específica. No se trata de una imitación psicológica de un modelo puramente humano. Por ello, ¿cuáles son las características de la imitación de Cristo?

1) En primer lugar, es una realidad sacramental: especialmente por el bautismo y por la eucaristía. La configuración con Cristo es una transformación radical, ontológica, que da lugar a una nueva criatura, el hombre nuevo. Esta transformación se produce mediante la intervención divina por la gracia de los sacramentos, iniciada en el Bautismo y perfeccionada por la Eucaristía.
El Bautismo al hacernos participar de la muerte y resurrección de Cristo, supone la muerte al pecado y el comienzo de la vida nueva de hijos de Dios (cfr. Rom 6,1-11; 2Cor 5,17; Ef2,15; ICor 12,13; Gal 3,27). La Eucaristía perfecciona esa vida en cuanto nos conforma con el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Los sacramentos crean entre el cristiano y Cristo una comunión de ser y de destino cumpliendo el plan divino de salvación, el misterio de la voluntad de Dios que ha determinado que seamos hijos adoptivos por Jesucristo (Ef 1,5), predestinados a reproducir la imagen de su Hijo (Rom 8,29). El desarrollo y perfeccionamiento de esta conformidad esencial con Cristo, que será total sólo al fin de los tiempos, es la tarea de la vida cristiana.

2) La configuración con Cristo es principalmente obra del Espíritu Santo, mediante la correspondencia a la gracia. Este Espíritu que nos ha sido donado en el bautismo y que es el mismo Espíritu de Cristo (Rom 8,9; Fil 1,19; Gal 4,9), hace vivir a Cristo en el corazón de los creyentes (Ef 3, 16). Por esto el modelo no es externo al que lo imita, sino que es intimísimo. La identificación con Cristo es obra del Espíritu Santo, pero necesita la libertad del hombre, la docilidad a la acción constante del Paráclito.
De esta manera, el cristiano se va cristificando hasta poder afirmar aquello de san Pablo «no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gal2,20). Cristo viene a ser el sujeto de las acciones vitales del cristiano, porque el cristiano va alcanzando su identidad plena y más profunda: ser otro Cristo, el mismo Cristo, hijo de Dios Padre en el Hijo Cristo por el Espíritu Santo. La vida del cristiano en Cristo y la vida de Cristo en el cristiano.

3) La imitación de Cristo es eclesial. Llegamos a Cristo sólo a través de la Iglesia. Ella es el cuerpo de Cristo y la que continúa su misión en la tierra. La fe en Cristo y los sacramentos de Cristo nos llegan por medio de la Iglesia. Sólo la Iglesia posee la imagen integral y auténtica de Cristo.

El cristiano alter christus-ipse Christus.

Concluimos, por tanto, subrayando que es preciso comprender la conformidad con Cristo tanto en sentido ontológico y místico, como en sentido ascético y moral. Seguir a Cristo, imitar a Cristo es identificarse con Él. Ahora podemos afirmar con rotundidad y comprender un poco más el significado de la definición del cristiano: el cristiano es otro Cristo, el mismo Cristo, propuesta por san Josemaría Escrivá. En el plano ontológico (místico) es ser hijo de Dios por adopción como Él es el Hijo de Dios por naturaleza; en el plano existencial (si se quiere ascético y moral) es vivir como hijo de Dios y, por tanto, revelar con toda la vida que Dios es Padre, que Dios es Amor, de la única manera que se puede hacer, con la entrega total de la propia vida (el don de sí por amor a Dios y a los hombres), como hace Cristo.



MARTI DEL MORAL, Pablo. Teología Espiritual, Manual de Iniciación. EDICIONES RIALP, S. A. Madrid 2006. p. 96






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