El desfile de catrinas: costumbre nueva, no tradición
Es importante distinguir entre una tradición (transmitida por generaciones, con siglos de historia) y una costumbre nueva
(un evento reciente que se populariza pero no tiene raíz ancestral). El desfile masivo de catrinas es un ejemplo de esto último.
La figura de "La Catrina" nació como un grabado de José Guadalupe Posada a principios del siglo XX, llamado originalmente "La Calavera Garbancera".
No era una imagen festiva, sino una crítica social y política: retrataba a personas de origen indígena que renegaban de sus raíces y
pretendían aparentar un estilo de vida europeo (catrines). Diego Rivera la popularizó después.
El desfile masivo de catrinas, tal como lo conocemos hoy, es mucho más reciente. Se inspiró en una escena de la película de James Bond
"Spectre" (2015), filmada en el Centro Histórico de la Ciudad de México. A partir de 2016, las autoridades capitalinas convirtieron esa ficción
cinematográfica en un evento anual. (La "Mega Procesión de Catrinas" había comenzado en 2014 como una iniciativa ciudadana para contrarrestar el Halloween, pero
fue la película de Hollywood la que impulsó el desfile masivo actual.)
Esto significa que el desfile de catrinas no es una tradición ancestral mexicana. Es una costumbre nueva que toma elementos culturales del siglo XIX
(la crítica de Posada) y del cine, pero los reduce a su aspecto festivo y espectacular. Exalta lo colorido y lo masivo, pero pierde la densidad simbólica
de la ofrenda y del culto a los difuntos.
La destruccion de la cultura como medio de integración y marginación.
El Documento de Puebla advierte sobre los "sincretismos regresivos" y la necesidad de purificar los "desvalores"
de la religiosidad popular. También reconoce que el cambio social somete a la religión del pueblo a una "crisis decisiva"
San Juan Pablo II en su discurso en el Encuentro con las Comunidades Indigenas en Izamal, Yucatan, 1993 denunció la destrucción de las culturas y afirmó el
derecho de los pueblos cristianos a su propio patrimonio cultural:
Lleváis en vosotros, hermanos y hermanas indígenas de América, una rica herencia de sabiduría humana y, al mismo tiempo, sois depositarios de las expectativas
de vuestros pueblos de cara al futuro. La Iglesia, por su parte, afirma abiertamente el derecho de todo cristiano a su propio patrimonio cultural,
como algo inherente a su dignidad de hombre y de hijo de Dios. En sus genuinos valores de verdad, de bien y de belleza, ese patrimonio debe ser reconocido y respetado.
Por desgracia, hay que afirmar que no siempre se ha apreciado debidamente la riqueza de vuestras culturas, ni se han respetado vuestros derechos como personas y como pueblos.
La sombra del pecado también se ha proyectado en América en la destrucción de no pocas de vuestras creaciones artísticas y culturales, y en la violencia de que tantas veces
fuisteis objeto.
La Iglesia no ceja en su empeño por inculcar en todos sus hijos el amor hacia la diversidad cultural, que es manifestación de la propia identidad católica –universal–
del Pueblo de Dios. Conscientes de esta realidad, los Obispos reunidos en Santo Domingo, en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, se han comprometido
a “contribuir eficazmente a frenar y erradicar las políticas tendientes a hacer desaparecer las culturas autóctonas como medios de forzada integración;
o, por el contrario, políticas que quieran mantener a los indígenas aislados y marginados de la realidad nacional” (Santo Domingo, 251).
No se trata, pues, de prohibir el arte o la creatividad, sino de no confundir una costumbre comercial con la tradición viva de la Comunión de los
Santos o con las tradiciones heredadas de nuestros antepasados. Ni de destruir los valores culturales tradicionales para reemplazarlos por reinterpretaciones o
deconstrucciones que diluyen la identidad del pueblo y por ende desintegran la unidad popular mediante la desintegracion cultural. Lo cual facilita la penetración de intereses globalistas, cuyos fines están lejos de la promoción de las culturas y la dignidad de los pueblos y personas.
La ofrenda otomi representa una tumba, se arma el muerto con fruta, cañas, naranjas, platano, jicamas, y se cubre con pan.
Conclusión.
El desfile masivo de catrinas no es una tradición ancestral, sino una costumbre reciente que surgió al calor del cine y del espectáculo, y que, aunque retoma la crítica social de Posada, la reduce a su dimensión festiva y colorida, perdiendo la densidad simbólica de la ofrenda y del culto a los difuntos, e incluso la despoja del elemento de crítica social, volviéndolo frívolo y superfluo. Distinguir entre tradición viva y costumbre comercial no implica prohibir la creatividad, sino evitar que reinterpretaciones superficiales diluyan la identidad cultural de los pueblos, tal como advirtieron el Documento de Puebla y San Juan Pablo II al denunciar la destrucción de las culturas autóctonas y defender el derecho de los pueblos a su propio patrimonio cultural.
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