📖 San Mateo 5, 1-12 Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
😇 Las bienaventuranzas pronunciadas tan solemnemente por Jesús, están, por un lado, en antítesis con algunos valores que, en cambio, aprecia mucho el mundo y, por otro, en la perspectiva de un destino futuro y definitivo, donde las situaciones son trastocadas. Se mantienen o caen todas juntas; no se puede tomar una sola de ellas, con menoscabo de las otras.
😇 Todos los santos han sido siempre y son actualmente, aunque en medida diversa, pobres de espíritu, mansos, afligidos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, obradores de paz, perseguidos a causa del Evangelio. Y así debemos ser también nosotros.
😇 Además, basándonos en esta página evangélica, es evidente que la bienaventuranza cristiana, como sinónimo de santidad, no está separada de un cierto sufrimiento o al menos dificultad: no resulta fácil ser, o querer ser, pobres, mansos, puros; no se quisiera ser perseguidos, ni siquiera por causa de la justicia. Pero el Reino de los cielos es para los anticonformistas (cf. Rom 12, 2), y también para nosotros valen las palabras de San Pedro: "Bienaventurados vosotros si por el nombre de Cristo sois ultrajados, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno padezca por homicida, o por ladrón, o por malhechor, o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre" (1 Pe 4, 14-16).
😇 Efectivamente, nuestra perspectiva no es a corto plazo, no tiene fin. Están escritas para nosotros las palabras iluminadoras del Apóstol Pablo: "Por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas" (2 Cor 4, 17-18).
(San Juan Pablo II, papa)